LÍNEA DE FUEGO O EL TRÓPICO DEL DESASTRE
En el taller del artista las telas se amontonan en los escaparates como en una tienda del zoco. En el desorden, ese caos ordenado del bazar, Insuasty reconoce cada pieza y la busca con la misma avidez de un comerciante que ha encontrado un cliente. Él va describiendo sus virtudes mientras la desenvuelve lentamente y uno va recibiendo el impacto visual que desprende su colorido y su fuerza, el poder de sus dimensiones, la simplicidad de la mancha, hasta que queda extendida en el suelo sucio del taller, como una alfombra persa cuya artesanía y belleza atrapa los sentidos.
La obra de Insuasty es sobredimensionada. Sorprende su magnitud con el pequeño taller que tiene en la ciudad de Barcelona, esa ciudad de España que se siente francesa y que palpita desde sus cimientos romanos cultura y arte, pero que no obstante se mantiene como una aldea cuyo aire inquieto no acaba de tener acomodo. Puede ser que sea una ciudad sobredimensionada cuya belleza incuestionable nos permite vivir en el espejismo, pero ese no es el asunto; a lo que me refiero es a la proporción-desproporción de la obra respecto del espacio físico del taller. El artista se desenvuelve, en ese espacio tomado, con la habilidad y soltura de un bibliotecario viejo. Alcanza la obra del escaparate y la enseña recogiéndose en una esquina desde donde nos guía en esa lectura de su trabajo, desvelando el sentido de su hacer, de su quehacer, y a la vez, revelándose, como en su técnica, ante nuestros ojos.
Porque la técnica de Insuasty es un revelado, un proceso de de invertir las formas y desvelarlas, revelarlas, como a la manera de los alquimistas, donde la intuición y la razón, luchan esa vieja batalla creadora que ordena, desordena, intuye, deduce, crea, recrea, y así, hasta que se impone una lógica, un equilibrio entre los contendientes y la obra es firmada y confinada a su lugar en la estantería del zoco taller. En el proceso de desvelarnos su obra, la conversación entusiasta y pausada de Edgar, nos va dejando la sensación de que se mueve con certeza en el azar, que prevé con anticipación el desenlace del caos, que ordena el desorden y que sabe a ciencia cierta los vericuetos del camino. Y es que el orden final en su obra no es solamente un asunto técnico, sino también, conceptual.
Sentado frente a uno de los enormes trípticos de sus volcanes que inician el proceso de “Línea de fuego”, él va indagando, subido en ese cráter, sobre la naturaleza explosiva de los volcanes, su capacidad de destrucción, su capacidad de creación y de construcción del paisaje, etc., y propone una semejanza donde la medida es lo humano, el hombre en su sentido más amplio, estableciendo una relación con su carácter explosivo, donde el resultado es el dolor y el sufrimiento, la violencia y la destrucción, la guerra y el odio, elementos atávicos de una especie con gran capacidad creadora y a la vez terriblemente autodestructiva.
El volcán Galeras inunda de cenizas la hermosa ciudad de Pasto, y de ese rugido de la tierra que altera el plácido silencio andino, surge también la inquietud del artista sobre su propia naturaleza, como ser humano, como creador, como miembro de una comunidad violentada por la fuerza telúrica del odio, como ciudadano de un país golpeado por la violencia, la injusticia social, el crimen de estado, el paramilitarismo, la guerrilla, el narcotráfico, y un largo etc. de desgracias que nos convierten en el epicentro de casi todas los desastres. Desde ese origen que padecemos todos los colombianos, Edgar traza, desde dos puntos distantes de Colombia, dos coordenadas, dos sitios simbólicos, dos líneas eclípticas que proyecta como una sombra nefasta sobre el resto del planeta, revelándonos nuevamente, una dimensión geográfica que podríamos llamar, un trópico del desastre , en el que los puntos que nos señala, esas otras coordenadas escogidas, van evidenciando esos volcanes humanos: explosiones de odios políticos, desastres religiosos, barbaries, injusticias de la guerra y el hambre, genocidios y crueldades, miserias de la sinrazón de una especie antropófaga de ambiciones desmedidas.
Podría girar y girar la bola y los volcanes surgirían por todo el planeta, de norte a sur y de este a oeste, en un paisaje de grados minutos y segundos, líneas de fuego, cráteres humeantes, explosivos epicentros, a los que Insuasty nos acerca con su metáfora artística, poniendo el dedo en la llaga, desde su propio origen volcánico, en los dos sentidos, por el Galeras que domina su geografía de nacimiento y su memoria, y ese otro volcán que es nuestro país, erosionado por una lava de sangre que nos recorre desde la “patria boba” hasta nuestros días, ese país en el que uno quisiera, que como máxima expresión de su furia telúrica, todo quedara, como el Galeras, en un rugido y una fina lluvia de ceniza. Solo ceniza.
Agustín Jiménez Pimentel
Barcelona. 2009-08-21